La festividad ha sido preservada por los músicos purépechas, y cada año se integran más
La tradición del levantamiento del Niño Dios a través de la familia Bautista Ramírez
Las festividades por el levantamiento del Niño Dios en Morelia, lejos aún de ser referente de comilona colectiva por excusa del Día de la Candelaria, guardaron un acento costumbrista que pondera la devoción religiosa sin eximir el disfrute humano por conducto de la cultura purépecha, representada en este caso por la familia Bautista Ramírez, músicos dedicados a la propagación de su música como parte del acervo tradicional que heredaron en Paracho.
La fiesta nació cuando una de las hermanas Bautista Ramírez hizo entrega de la figura de un Niño Dios a la sobrina mayor, Andrea Bautista Rangel, entonces apenas una niña, con el compromiso de hacer cada año su respectiva fiesta de levantamiento siguiendo su tradición indígena.
Luego la fiesta creció en función al número de participantes, hasta que fue necesario dejar la casa en que se realizaba la ceremonia para ocupar un salón de fiestas con espacio adecuado y bajo reglas simples: no hay consumo de bebidas embriagantes y la ceremonia se sigue bajo un riguroso programa que, sin embargo, no redunda en la solemnidad que podría esperarse en estos casos.
El sábado anterior se verificó la fiesta de levantamiento en la colonia Félix Ireta de esta ciudad, teniendo como nuevos padrinos a Javier Aburto y Victoria Cardona, quienes debieron cumplir el protocolo de iniciar la entrada con danza y música, encargada en este caso al grupo purépecha Mirando al Lago, de Pedro Dimas, mientras los padrinos son rodeados de faroles cargados por las mujeres invitadas.
Después de vestir al niño, flanqueado por los faroles danzantes, se procedió al abrazo entre los ahora compadres, Andrea y su hermano Francisco Bautista Rangel junto a representantes de las familias Rangel Gutiérrez y Mora Rangel, que este año se incluyeron como organizadores del festejo, destacando una exclamación mutua: “buenas noches, compadre, somos compadres aquí y ante la presencia de Dios”.
Luego la Danza del Torito, bajo la responsabilidad de niños que inician la misma desde la calle mientras las mujeres le azuzan con banderas antes de poner fin al acto tradicional. El resto del festejo es más libre, si se puede llamar así, aunque no carente de esa suerte de respeto ceremonioso que en la cultura purépecha no se distingue de la alegría manifestada por gritos y chiflidos estruendosos y que también toman parte en la fiesta, como si se tratara de una obra premeditada gracias al momento en que se insertan en el todo de la fiesta colectiva.
El grupo Purhémbe, integrado por la familia Bautista Rangel, hizo su propia ejecución sobre la música purépecha que le sirve de distintivo, antes de un discurso no planeado, pero con la recurrencia se convirtió en parte obligada del programa y que en este año recayó en fray Rubén Torres.
El religioso, vestido a la usanza indígena, profundizó sobre los significados de un festejo que regresa a las bases de la adoración mística y que se aparta de la actitud licenciosa que envuelve a la mayoría de los festejos actuales, al subrayar la motivación de una familia que mantiene vigente su propia tradición y el fervor que comparte a través de una fiesta pública.
Al imponerse de nueva cuenta la música sobre el ambiente, los zapateados tomaron turnos para el lucimiento personal. La nueva madrina había demostrado una buena sonoridad en las suelas y pronto fue requerida por Raúl, profesor llegado de Celaya expresamente para la fiesta y que en su ciudad se distingue por una participación asidua en la danza regional, aunque el lugar central que ocuparon con los sones pronto fue reclamado por Martín y Lucha Rangel, hermanos y anfitriones en la fiesta de levantamiento.
El protocolo de despedida es simplemente el que dicta la cortesía, aunque en el ambiente queda el entendimiento de un compromiso no pronunciado, pero igualmente vigente: el de regresar el año próximo para cumplir con un mandato de fe que igual contiene su dosis de propagación sobre una herencia cultural, la que a fuerza de ser observada se convierte en costumbre para el que no es indígena y que la absorbe lentamente como si fuera suya hasta transformarla precisamente en eso.