Según el historiador Rodrigo Núñez, ésta distinguía a las personas “civilizadas”
La higiene, instrumento de la aristocracia en el siglo XIX para marcar diferencias sociales
Durante su intervención en el seminario conmemorativo del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución, propuesto por la Secretaría de Cultura para revisar la historia cotidiana en estos periodos, el investigador Rodrigo Núñez Arancibia afirmó que durante el siglo XIX la higiene asociada a los hábitos de consumo alimenticio ejercieron la función de un discurso hegemonizador que no sólo pretendía instaurar la idea de civilización, sino que demarcaba las diferencias entre clases sociales. La dieta alimenticia definía el rango social; sin embargo, la gula se encargaba de reducir a las elites aristocráticas al nivel de idólatras del acto de comer.
El historiador realizó una serie de digresiones, como él mismo las llamó, para ensanchar la apreciación de ciertos conceptos, entre ellos el de vida cotidiana, pero también precisó marcos conceptuales que ayudaron a apreciar de manera más completa sus planteamientos, uno de ellos fue el de hegemonía, sobre el cual apuntó: “es un concepto más amplio, implica un dominio económico y político de unos grupos sociales sobre otros, pero también implica imposición de patrones culturales, de la manera de interpretar y ver el mundo”.
Se refirió a hegemonía para dimensionar la naturaleza del proceso de incorporación de una idea de higiene que se adoptó del viejo mundo para instaurar una idea de civilización en el México decimonónico.
La higiene, refirió Núñez Arancibia, jugó en el México del siglo XIX un papel hegemónico, pues no se remitía a señalar la ración alimentaria y proscribir los excesos en la ingesta de comida, sino también fue un instrumento de la aristocracia para implementar sus reglas, las cuales “trataban de persuadir que la higiene, por principio, distinguía a una persona civilizada de otra que no lo era. La higiene contribuye a imponer una idea de civilización desarrollada en la Europa occidental y que fue difundida a partir del siglo XVIII para hegemonizar en el XIX. La higiene, desde la vieja Europa, muestra una tendencia a marcar las diferencias sociales”.
Dime qué comes y te diré quién eres
Los hábitos alimenticios eran entonces hábitos distintivos de la clase social; así, “el consumo de carne de res era considerado un símbolo de estatus social elevado, reproducido en el contexto más capitalista del modelo cortesano que se trata de imponer”, ejemplificó Rodrigo Núñez durante su alocución, que tuvo lugar en la Casa de la Cultura de Morelia el pasado miércoles.
Ese gusto carnívoro de las clases privilegiadas impactó en otros ámbitos de mayor relevancia para la vida social, como la agricultura, ya que “en las sociedades agrícolas de esta ciudad se va destacando que la cría de ganado era lo más importante de la agricultura, pues consideraban que conforme los pueblos se civilizan, la carne se hacía tan indispensable para ellos como el pan”.
Algunos médicos europeos definieron las dietas más propicias de acuerdo con los climas; por ejemplo, en los climas fríos se sugería mayor consumo de carne y alimentos ricos en grasa para conservar el calor corporal, mientras que en las regiones cálidas se consideraba más propicia una dieta rica en vegetales.
En el ámbito local hubo médicos que fueron más puntuales, pero también subrayaron las diferencias sociales al proponer dietas de acuerdo con el estatus y prácticas laborales de distintos estratos. Para ejemplificar esto, Núñez citó a Miguel Galindo, que decía: “los intelectuales deben comer sobre todo albuminoides y los trabajadores en obras materiales, feculentos; el régimen carnívoro conviene a los que trabajan con el cerebro y el vegetariano a los que trabajan con los músculos. Según este planteamiento, los trabajadores de Morelia ni siquiera necesitaban la carne, lo que necesitaban eran sustitutos”.
“Las clases más populares aprovechaban las partes de los animales menos apetecidas por las clases acomodadas y preparaban sus propios platillos, como el menudo, las patas de cerdo y el pozole, alimentos que para un médico elitista como Galindo provocaban más enfermedades porque eran sustancias de mala digestión y que la gente pobre consumía porque tenía el gusto embotado”, señaló Rodrigo Núñez.
La gula
Paradójicamente, las normas de higiene, implementadas como parte de un proceso civilizatorio, fueron menos vigiladas por los aristócratas más “civilizados” y es que la gula fue su máxima debilidad. A propósito, el conferencista citó un relato de la marquesa Calderón de la Barca, que en 1840 daba cuenta de esa debilidad gastronómica: “la prematura inclinación de la belleza en las clases acomodadas y la excesiva gordura en ella tan comunes, son sin duda los resultados de una falta de ejercicio y de una alimentación disparatada. No existe en el mundo ningún país donde se consuma tal cantidad de elementos de procedencia animal. Los consumidores no son los indígenas, sino las mejores clases que por lo general consumen carne tres veces al día”.
Esa propensión al pecado capital, según refiere Núñez Arancibia, marcó el inicio del afrancesamiento de la cultura mexicana desde el siglo XVIII, y para sustentar su planteamiento citó las impresiones de Melchor Ocampo durante su estancia en Francia: “hasta en las clases últimas de la sociedad hay ciertos seres degradados que se creen venidos al mundo para sólo comer, que son capaces de los mayores atrevimientos y aún tal vez de algunas maldades por comer. Personas, en fin, cuyo Dios es su vientre, el comedor su templo, la mesa su altar y la comida toda su religión y su existencia”.